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“…Los que a ti se parecen, los más sencillos. Ven, no sufras, ven conmigo, porque aunque no lo sepas, eso yo sí lo sé: yo sé hacia dónde vamos, y es ésta la palabra: no sufras porque ganaremos, ganaremos nosotros, los más sencillos…”
Neruda .
“Mercenarios” llama el monseñor Rodríguez, la más alta representación religiosa católica en nuestro país, a quienes sin recibir un solo centavo –el caso de este servidor-, ponen un poco de su esfuerzo para que las consultas de democracia directa -Encuesta primero y Urna después- se lleven a cabo con el objetivo de que la ciudadanía hondureña pueda tener acceso a su voto verdadero (el suyo, de sí, para sí); se instale una Asamblea Nacional Constituyente y se proceda a redactar y aprobar una nueva Constitución de la República que represente una patria para todos y para todas.
A la sombra de la actual, con su arsenal de ‘pétreos’ y la pajilla en el daiquirí se mecen y se mecieron los grupos de acumulación de capital a costillas de una ciudadanía muerta de hambre. Desde hace treinta años no hicieron más que reforzar hasta el blindaje sus instituciones y su actuación; y llámense éstas Corte Suprema de Justicia, Fiscalía Pública, Banca nacional, Tribunal Superior de Cuentas, Congreso Nacional, Iglesia, Opus Dei o lo que sea, han servido para todos los fines que las oligarquías quieren, menos para lo fundamental del buen gobierno: “Procurar el bienestar del pueblo” (Valle).
De su nutrido polvorín ya han salido falacias, generalizaciones, diatribas y mensajes tendenciosos para una lectura que presenta una sola cara de la página. Pero lo que más han utilizado es un arma que siempre le ha dado resultado a las oligarquías en contra del pueblo hondureño acostumbrado, desde tiempos inmemoriales, a ser manipulado sobre todo por las promesas partidistas y los dictados del púlpito: Esa es la campaña de temor.
Para ejemplificar aquí de qué manera grotesca se ha empleado consuetudinariamente la campaña del temor en contra del pueblo permítaseme citar nada menos que a Harry S. Truman, trigésimo tercer presidente de los EEUU., probable apóstol de los poderosos del patio quien, a punto de echar con las manos un par de bombas sobre indefensos niños, ancianos y mujeres se regodea hablando de cómo asegurar el estilo de vida norteamericano: “El peor peligro que enfrentamos es el peligro de ser paralizados por la duda y el temor. Ese peligro lo traen aquellos que abandonan la fe y se burlan de la esperanza. Lo traen aquellos que esparcen el cinismo y la desconfianza y los que tratan de evitar que veamos nuestra gran oportunidad de hacer el bien para la humanidad. El temor y la ansiedad son emociones, son el interés pagado por adelantado por una deuda que puede que nunca debamos; y socaban la fe, en nosotros mismos, en otros, y en Dios”. (En Maxwell)
Hemos visto con gran satisfacción cómo las iglesias de nuestro país se han unido y congraciado de manera esperanzadora. Los jerarcas Rodríguez, Darwin, Canales, Reyes y una fidel comparsa de obispos y congregaciones han decidido por fin llevar el consuelo y la Palabra a barrios tan marginados de las ciudades hondureñas como Villavieja, Flor del Campo y otras sólo en Tegucigalpa, en una campaña de caridad santa que con seguridad no parará hasta llegar personalmente a Brus Laguna y Sangrelaya; Ahuasdakura, Casautara y Pinsabila, dentro de de los permanentemente olvidados departamentos de Colón y Gracias a Dios.
Esa divina explosión de humanidad es más extraordinaria aun, porque proviene de estos hombres de Dios que frecuentemente ponen en sus sermones todo el énfasis en la conversión personal, en la relación personal con Jesús y el Espíritu Santo, para evitar que la gente “se meta en política”; para no permitir que participe en las luchas para cambiar las estructuras pecaminosas de la sociedad misma. (Carney)
De estos santos hombres que, antes de este concilio tan ecuménico dentro de la humilde Honduras, ni se permitían pensar que pueda ser posible una iglesia de los pobres, y no para los pobres; una iglesia del pueblo, una casa de acogida, de solidaridad; una casa para los que no tienen casa, la casa de los pobres. (Casaldáliga)
Con seguridad estos santos varones han cambiado su manera de pensar y de actuar, porque saben a ciencia cierta que una sociedad de desiguales como la que presenta esta sociedad de acumuladores de bienes y capitales termina siendo una inmensa fábrica para producir empobrecidos y ¡por Dios mismo!: ¿Cómo sentarse a la misma mesa de la fracción de pan quien se muere de hambre y quien se muere ‘harto de superabundancia’? (Padre Camuñas)
Saben que hay que renunciar a la presidencia de cualquier consejo contra la corrupción porque las listas de los corruptos concuerdan con las de quienes los invitan a sus ágapes y fiestas.
Saben que si los hombres son justos, la sociedad será más justa. Que la sociedad injusta, la sociedad capitalista, egoísta, explotadora, excluyente y violenta, como la que protege a esos grupos todopoderosos que se mecen a la sombra de la actual Constitución no puede más que producir ciudadanos y ciudadanas pobres, miserables y cada vez más carentes de dignidad.
Por todo lo anterior no estará de más asegurar que los ‘mercenarios’ creemos, y lo haremos saber contundentemente el 28 de junio próximo, que “la Constitución tiene que establecer las bases para el tránsito del subdesarrollo al desarrollo, de la dependencia a la independencia económica y, desde el punto de vista ético y social tiene que ser, digámoslo parodiando a Martí: el culto a los hondureños, a la dignidad plena del hombre y de la mujer. (Ventura Ramos)
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